Martes de Discursos es una serie semanal por el décimo aniversario de Anacrónica. Durante el 2026, cada martes publico una ilustración que dialoga con las demás como parte de mi recorrido. Cada discurso es una pieza autónoma, pero también un fragmento de una historia más amplia que se revela de forma gradual, entre imagen y palabras.
La vida está llena de caídas. Algunas son visibles, otras ocurren por dentro y nadie más las nota. A veces son fracasos personales que obligan a enfrentar la vida desde las profundidades; otras, son decepciones de sistemas en los que la confianza estuvo puesta con una fe casi ciega. Estos cambios abruptos desequilibran y asustan, pero son inevitables.
Cuando uno se recupera de las primeras caídas, espera no volver a pasar por ahí nunca más. Pareciera que son cosas que se pueden evitar. Pero aunque sea bueno ser precavidos, las caídas llegarán; se podrá evitar algunas, pero nunca todas. Así que con el tiempo se acepta que las caídas seguirán ocurriendo y que tal vez lo mejor no es intentar evitarlas, sino aprender de ellas.
Aprender a caer es un proceso extraño. Implica renunciar al deseo de control, aceptar la pérdida de equilibrio y reconocer que hay momentos en los que no queda otra opción que asumir la fragilidad.
La caída más fuerte que he vivido hasta ahora fue la de mi fe, tal como la conocía. Más que un cuestionamiento puntual, se sintió como un derrumbe silencioso de certezas que habían acompañado mi forma de entender el mundo durante prácticamente toda mi vida. Nunca había sentido un vacío semejante, ni lo he vuelto a sentir después. Fue un espacio incómodo y desolado, donde todo lo que consideraba sólido parecía evaporarse.
Sin embargo, ese proceso de redescubrimiento me enseñó algo inesperado, a encontrar consuelo durante la caída. La fragilidad humana, por sí misma, sería una tragedia si no existiera la fortaleza de Dios para sostenernos cuando no podemos permanecer en pie. Quizás hace falta caer para que el ego ya no vuelva a levantarse como antes.
Mi fe vino desde la cuna, con mucha reflexión pero con cuestionamientos cercados dentro de un marco del que no me permitía salir. Viendo para atrás, puedo decir que yo sostenía, en gran medida, mi fe. Me asustaba ponerla sobre la mesa cuando había gente que creía lo contrario, pensaba que en la privacidad mi fe estaba a salvo.
La caída sucedió cuando mi intelecto ya no podía sostener mi fe, cuando la realidad parecía no coincidir con mis bases teóricas cómo debería verse la vida de un cristiano. Mis estructuras se trizaban, y hubo mucho llanto y soledad en ese el proceso.
Finalmente aprendí que una fe que dependiera del intelecto para sostenerse, no era una fe verdadera. Al perder la estructura que sostenía mi fe, también perdí la necesidad de entenderlo todo. La fe dejó de ser un ejercicio tan intelectual y una colección de respuestas bien memorizadas, y se volvió algo más simple, más vulnerable y más real.
Las nuevas caídas ahora me encuentran más flexible, con una red de apoyo más establecida y, sobre todo, con la confianza de que aunque todo caiga, mi Dios no.
La fe es en sí misma un salto al vacío. No es estabilidad estática, es seguridad mientras todo está en movimiento.
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Fe: https://soyanacronica.com/2024/11/10/fe/
Nombre: Consuelo: Caída
Numeración: 05/52
Serie: Martes de Discursos
Año: 2026
Técnica: Grafito sobre papel, retoque en Photoshop
Concepto: La ilustración representa los momentos de la vida en los que se cae. Aunque dan miedo, se puede aprender a caer y, con el tiempo, incluso encontrar sentido en ese proceso.
