Entiendo que la fe no es erudición ni capacidad de articular una experiencia o realidad. Si así fuera, los niños jamás habrían sido un modelo de fe.
Ser niño es sinónimo de vulnerabilidad y dependencia. Cuando un niño crece en un entorno seguro, no duda de que tendrá en la mesa la próxima comida o que dormirá tranquilo en un hogar que lo acobija. Esa confianza no depende de una comprensión racional exhaustiva, sino de sentirse amado en lo cotidiano y por ende a salvo.
A medida que aumentan los años de vida, suele llegar un espejismo de autosuficiencia; el avance intelectual, la productividad o el aumento de recursos económicos pueden hacer que nos convenzamos de que solo nuestros méritos nos llevaron hasta donde hemos llegado. La infancia, con su ingenuidad y confianza, queda relegada a la memoria (en muchos casos) como un eslabón inferior.
En una imagen, tener fe es dejarse cargar por Dios, como un niño en una noche oscura de tormenta, mientras él nos lleva a casa. Es saber que las circunstancias son más grandes que nosotros y se escapan de nuestro control, pero que estamos a salvo porque Dios nos abraza. Es miedo y asombro.
Me gusta estudiar y entender las cosas, pero si mi fe en Dios dependiera de ello, estaría perdida. Cuando intento reducir a Dios a lo que encuentro razonable, estoy haciendo de mi razonamiento un ídolo. Dios no puede ser contenido en definiciones, ni en templos ni estructuras. Sí, todo eso puede ser una puerta de acceso para comenzar a conocerlo, pero no podemos retenerlo allí como si fuera una prisión.
Creo que la vida cristiana requiere muchos saltos de fe; de ser otra vez esos niños que confían que no faltará el pan ni el techo aun sin entender cómo Dios trabaja o provee; porque la confianza en que Dios es el Padre amoroso, que está presente, es suficiente para dormir confiados y decir: «Nada me falta».
Pero integrar esa sencillez de la infancia en la vida adulta ya no es tan fácil como lo fue en su momento. Se requiere haber experimentado el asombro y el temor. Solemos estar más dispuestos a saltar cuando ya nos encontramos al borde de un precipicio y no hay otra opción, cuando llega un gran desierto y la autosuficiencia se destruye. Es entonces cuando volvemos a vernos pequeños e indefensos, en necesidad de la ayuda de Dios.
«Toda realidad religiosa comienza con lo que la religión bíblica llama el «temor a Dios». Este se hace presente cuando nuestra existencia entre el nacimiento y la muerte se torna incomprensible y misteriosa, cuando toda seguridad queda hecha añicos por causa del misterio. No es el misterio relativo de lo inaccesible solo al estado actual del conocimiento humano, y que, en principio, se puede descubrir. Se trata del misterio esencial, cuya inescrutabilidad forma parte de su misma naturaleza; se trata de lo incognoscible» Martin Buber
Recibo como un regalo la capacidad de profundizar en el conocimiento de Dios y en los esfuerzos humanos que intentan representarlo o explicarlo, sabiendo que de ello no depende mi fe. Si mi fe dependiera de mi capacidad para entender y dar defensa de ella, ya no tendría fe.
