Retrospectiva

«Cada punto de la historia es una encrucijada. Un único camino trillado conduce del pasado al presente, pero hay una miríada de sendas que se bifurcan hacia el futuro» (Yuval Noah Harari en Sapiens).

El año pasado por estas fechas, estaba empacando mis cosas para venir a vivir a Quito. La decisión de la mudanza fue un salto de fe, porque no estaba en un buen momento a nivel económico ni emocional. Sinceramente, no sabía si las cosas iban a resultar.

Si pudiera regresar un año y hablar conmigo misma al inicio de esta travesía, me daría algunos consejos, pero definitivamente, con la consciencia que tengo hoy, esto es algo que no me diría: «No te preocupes, porque todo va a salir bien».

Sí. Las cosas salieron bien.

Pero, quizás si mi actitud hubiera sido de espera pasiva en lugar de una búsqueda proactiva, la historia escrita sería muy diferente. Quizás si la preocupación hubiera quedado fuera de la ecuación, todavía seguiría esperando.

La historia se categoriza en un sistema caótico nivel dos. «El caos de nivel dos es un caos que reacciona a las predicciones sobre él y por lo tanto nunca se puede predecir de forma exacta» (Yuval Noah Harari). Pongamos un ejemplo para comprenderlo mejor; supongamos que nos enteramos de que un ladrón tiene pensado robar cierta casa durante la noche de este día. Conocer lo que va a pasar no quiere decir que tal hecho ya está tallado en piedra, más bien nos permite intervenir y cambiar la historia. En este caso, tomar acciones como avisar a la policía o hacer guardia, evitará el robo. Creer en la predicción permite la posibilidad de evitarla. No creer, por el contrario, implica que se cumplirá sin traba.

Desde el punto histórico donde me encuentro hoy, ya puedo ver a mis acciones del año pasado como una cadena; una secuencia que hasta parece lógica e inevitable. Pero no es así, lo que pasó solo fue la materialización de uno de los posibles caminos que existían. Un camino que en gran parte nació de una auto-predicción de mi futuro.

Las cosas salieron bien. Pero, no salieron bien porque yo así lo creyera; salieron bien, de hecho, porque el curso que llevaban dirigía a que saldrían mal. Creer en mi predicción me permitió dar el salto que cambiaría mi futuro. (No digo que todo dependiera de mí porque siempre existen factores y ayudas externas, pero dar el salto es imprescindible).

Sé que hay mucha gente que, aunque con buena intención, al ver a un conocido pasar por un mal momento, dice frases como: «todo va a salir bien», «solo confía en Dios», «ya vas a ver que tú puedes»; pero el resultado de estas palabras suele ser el opuesto al esperado.

Hablando desde mi propia experiencia, puedo decir que cuando ese tipo de frases vienen solas, y no acompañadas con el interés de escuchar y la validación de mi proceso y de mis emociones, es algo frustrante de escuchar. Es que mientras uno cruza un desierto no tiene idea de cuánto va a durar, o si siquiera existe algo más allá del desierto. Esas frases suenan simplistas y perezosas. «Solo confía en Dios», suena como «Que Dios te saque de ahí, porque yo no pienso involucrarme». Se siente como un abandono. Como si fuera totalmente mi culpa estar donde estoy, o como si solo estuviera exagerando para llamar la atención.

¿Y saben qué es peor? Que algunas de estas mismas personas, cuando el desierto ya ha pasado, vuelven a aparecer, y esta vez para reafirmar que siempre supieron que uno iba a salir de eso. Ahora dicen frases como «nunca dudé de tu capacidad», «yo sabía que Dios te iba a sacar de ahí», «¿ya ves que no era para tanto?».

¿Por qué asumen que era evidente que saldría de ese desierto? La verdad es que hay mucha gente que no sale.

La vida no se transita por una carretera recta e inevitable. El camino se parece más a un laberinto, con eventuales calles más anchas y pavimentadas (y ,por lo tanto, más probables de tomar), pero siempre lleno de encrucijadas. De posibilidades. De vida y de muerte.

Pienso que lo mejor que podemos hacer los unos por los otros, es hacer menos solitario el camino. No necesitamos estar de acuerdo en todo para validar nuestras historias, vivir con menos juicios y ofrecer una mano amiga.

Publicado por Ana Parada Cotrina

Diseñadora e ilustradora ecuatoriana-chilena. Creadora de Anacrónica, un espacio donde explora la intersección entre el arte, la fe y la cultura visual.

Deja un comentario