Mini relatos pandémicos

Capítulo 1: El Inicio

Mirando al techo, recostada en mi habitación del seminario, donde llevaba radicada apenas 6 semanas (y tenía pensado vivir 2 años, hasta terminar mis estudios en teología), pensaba en si sería conveniente o no volver a casa, en Ambato, a 3 horas de distancia en auto. Era 15 de marzo, y había leído ya la noticia de que las clases, y toda reunión de más de 30 personas, quedaban suspendidas a nivel nacional por la pandemia. Iniciaba la cuarentena, de la que nadie tenía nociones precisas de cuanto duraría. De pronto, el mundo me parecía peligroso, de modos que nunca antes me había causado temor. La idea de que el virus podría estar en cualquier lugar, y que aun de ser contagiada, no lo sabría sino hasta 15 días después, me quitó toda gana de tener contacto humano. Ya se terminaban mis provisiones de alimento, pero no sabía si salir a comprar, o si irme de una vez. De pronto, la convivencia en una casa de internos, pasó de parecerme una bonita experiencia, a significar un riesgo del que no podía tener control. Tantas superficies compartidas; la cocina, los baños, las duchas, los sillones, las puertas, el comedor, los platos, los cubiertos. Sería enfermizo vivir pensando en quién tocó cada cosa y en desinfectarme a cada minuto.

Mi mente tenía que parar.

Decidí que de viajar a Ambato, sería al día siguiente, el Lunes, así que por ahora, solo debía relajarme. Me puse a pintar. Pero de pronto, recibo una llamada, es mi mamá que me dice que en 30 minutos me pasaría a recoger un auto de recorridos puerta a puerta para llevarme a Ambato.

– ¡¿qué?! ¡¿media hora?! ¡¿por qué no me avisaste antes?!

Habíamos hablado de la posibilidad de que viaje ese mismo día, pero no habíamos concretado nada. No quería ir en bus, con tanta gente, y más aun porque para llegar a Ambato, tenía que coger 3 buses, y al menos uno de ellos solía siempre ir lleno.

Los 30 minutos comenzaron a correr. Le comuniqué a mi mente del cambio de planes, le dije que ya no se relaje, que despierte bien, que piense pronto, que se preocupe. ¿Qué cosas llevar? ¿por cuánto tiempo voy a irme? ¿qué va a pasar con las clases? ¿a quién le aviso? ¿llevo una maleta o solo la mochila? ¿y si estoy exagerando y debería quedarme hasta ver qué más pasa? Ya no hay tiempo para eso, solo empaca.

No tenía en mente si me iría por 15 días o por un mes, pero mi calculo exagerado fue 2 meses. Me haría falta algo de ropa, mis materiales de arte, y un par de libros que quería seguir leyendo. Guardé pronto lo que se me ocurrió, y salí cuando ya estaba afuera el auto. Había comenzado a llover fuerte, pero aun habían compañeros jugando volley en la cancha. Los regresé a ver, pero no podía ir a despedirme, me estaban esperando afuera. Noté que algunos me miraron, seguramente desconcertados de por qué en un día domingo me iba con maleta, siendo que al día siguiente había clases.

Me subí al auto, en el asiento de adelante, porque el conductor me dijo que no tenía más pasajeros, así que era mejor que use ese puesto. No quería estar tan cerca de nadie, pero tampoco quería ser paranoica y decirle que no, así que solo acaté. El conductor tenía una funda de papas fritas abierta, me dijo que podía sacar si deseaba. Me parecía impensable meter mi mano donde él ya la había puesto, le dije que «no, gracias», y el resto del viaje fui bastante callada, pensando en qué estaba haciendo, se sentía como una huída, como una exageración.

Al llegar a mi casa en Ambato, me di cuenta de que me había olvidado de traer las llaves de mi casa, pensé que sería incómodo no tenerlas, porque dependería de mis papás cada vez que tenga que salir. Pero, al día siguiente, salí a comprar un refrigerador con mi mamá, porque por varias circunstancias no teníamos uno, al otro día fuimos a comprar provisiones para no tener que salir, y ese fue el último día que salí de casa por más de un mes y medio. No sabía que nunca más volvería a necesitar mis llaves, porque ya no vivo más ahí, pero esa historia viene más adelante.

Capítulo 2: La Patada

Una de mis películas favoritas es Incepcion, y ahí «la patada» simboliza el despertar de un sueño. Para mí, el 15 de Marzo del 2020 fue una patada, un cambio de realidad repentina, en la que aun me parecía confuso comprender qué estaba pasando, o si de verdad esa era la realidad.

Cuando llegué a mi casa, saludé a mis papás sin acercarme, les hice de la mano, porque con el distanciamiento social no hay excepciones, y primero debía bañarme y cambiarme de ropa. Metí la ropa en la lavadora, mientras pensaba en la ironía de que en el seminario se acababa de inaugurar la lavadora, y solamente alcancé a usarla una vez. Me sorprendía como todo puede cambiar tan repentinamente. Salí de la ducha, por fin me sentía limpia. Estaba agradecida de estar en mi casa, con mis padres, pero tenía una mezcla de emociones de todo tipo y color.

¿Y ahora qué?

Aun no podía estar tranquila. No teníamos provisiones de comida. Desde hace un par de meses las compras en mi casa se hacían solo para el día, para que la comida no se dañe, porque no teníamos refrigerador. La nueva situación no permitía la barbaridad tal de salir todos los días a la calle, así que era muy necesario comprar un refrigerador, pero ¿con qué dinero?

Tenía en mi cuenta del banco el dinero destinado para pagar la mensualidad del seminario. Por descuido mío, aun no había hecho esa transferencia. ¡En mi vida no recuerdo otro descuido más oportuno que ese!

Le dije a mi mamá que era urgente tener un refrigerador, que tenía ese dinero para usarlo, y que mientras antes lo compremos, sería mejor. Me urgía comenzar con la cuarentena total, no tenía ganas de salir, pero salir en ese momento era mejor que posponerlo para después.

Así que el lunes, sucedió mi primera salida con consciencia de pandemia. Nerviosa de pensar en el virus, a pie, para no subir al bus, apurada por volver a casa, con gorra, sin aretes, sin celular, sin bolso, con los lentes empañados porque aun no dominaba la técnica de no empañarlos usando mascarilla.

Las calles de Ambato se veían normales, llenas, como cualquier lunes de feria, el comercio estaba abierto. Pensaba en la irresponsabilidad de quienes salían sin necesitarlo. ¿Pero cómo saber quien lo necesitaba y quien no?

Cotizar precios de refrigerador tomó más tiempo del planeado, y cuando por fin nos decidimos por uno, y fuimos al cajero a retirar el dinero para pagar, estaba dañado. Probamos con otro cajero a unas cuadras, pero tampoco valía. Y en un tercer cajero, tampoco. Comencé a pensar que a lo mejor el primer cajero no estaba solo dañado, estaba intervenido y podrían haberme quitado los fondos. Llamé al banco, para preguntar qué pasaba, y contar lo extraño de que los cajeros no servían. Le dije que me diga cuál fue el último movimiento de mi cuenta, y cuantos fondos tenía. El dinero seguía ahí. ¡Qué alivio! De pronto se me ocurrió limpiar mi tarjeta frotándola con mi jean y probar otra vez. Esta vez funcionó, pude retirar el dinero. No podía creer que eso fuera todo. Los nervios pueden quitarme capacidades básicas. Me sentía paranoica por las historias que me surgían en la cabeza.

Por fin, pudimos comprar el refrigerador y volver a casa. El refrigerador lo pasarían a dejar a la casa durante la tarde. Después de tanta vuelta estábamos cansadas y teníamos hambre, de regreso a casa habían unas 25 cuadras, así que tomamos un taxi. Intentaba no tocar nada, sobre todo no tocarme la cara, quería llegar pronto para bañarme y estar tranquila.

Unas horas después llegó el refrigerador, y las provisiones las compramos al día siguiente. Resueltas las necesidades fundamentales, ahora sí podía hacerme cargo de las preocupaciones existenciales. ¿Qué hago? ¿vale la pena seguir estudiando? ¿cómo voy a pagar? ¿seré capaz de estudiar y trabajar a la vez? ¿vale la pena que esa deuda siga creciendo?

Me había costado años llegar al punto en el que estaba, de sentir que volvía a avanzar, después de mi tragedia universitaria. De decidirme por estudiar teología presencialmente y de lleno. En mi historial contaba ya con algunas deserciones, y no quería sumar una más.

El mismo lunes, se suspendieron las clases presenciales en el seminario. Me dio gusto haber viajado el día antes. Ahora las clases seguirían online. El día martes 17 de Marzo comenzó el estado de excepción en Ecuador, con el cual comenzaba la restricción de movilidad entre provincias y el toque de queda. Si hubiera esperado más tiempo para venir a Ambato, quizás ya no hubiera podido hacerlo.

Parecía un sueño. ¿De verdad era real todo lo que pasaba? Se mantuvo la extrañeza al despertar los días siguientes. Antes de abrir los ojos aun sentía que estaba en el seminario. Al abrir los ojos, reconocía en un par de segundos mi cuarto, y abría la cortina. El silencio me recordaba que todo era real. El tiempo parecía congelado, los días comenzaron a parecerme iguales y confusos de distinguir entre sí.

Capítulo 3: Negociación constante

Nunca pensé estudiar online. El par de veces que me asignaron una materia online en el pasado, fracasé rotundamente. Por eso pensé que en esta ocasión tampoco me iría bien.

– No todos tenemos esa capacidad, habemos quienes necesitamos la interacción en persona, el ambiente de un aula y sentir la competencia con los compañeros.- le comenté a un par de personas.

Pero comencé las clases por zoom, con muchos prejuicios, mala gana y la cámara apagada para poder hacer otras cosas a la par. Pensé que no iba a durar en ese sistema, pero tenía que probarlo por un tiempo para tener fundamentos al momento de mi renuncia. Tal como me había sugestionado que sería, no me fue muy bien en las primeras materias, así que estaba autorizada en mi consciencia para abandonarlo.

Lo que me hizo permanecer, fue mi incapacidad por formular una opción B convincente. Si no eran las clases online, era conseguir más trabajos como diseñadora freelance, y para eso tampoco me sentía capaz en ese preciso momento. Entre todas, la opción C era la peor: perder conexión con el mundo exterior, perder toda estructura de rutina y encerrarme en mí misma. Esa sería mi perdición, una caída más a la lista.

Así que me comprometí a hacer las cosas bien, y a tomármelo personal. Me propuse ocupar mi mente en crecer, y a la vez en quitar la mirada tan directa en mí misma. La paradoja de no mirar al piso al dar cada paso para no manearse, y que de esa manera los pasos sean más certeros.

Siguieron pasando las semanas, ni animo mejoró mucho mientras recuperaba el sentido. Pero cuando ya todo parecía marchar mejor, recibimos una visita; el dueño de casa , quien saludó cordialmente, pero enseguida reveló su intención al decir que quería ocupar su propiedad, y que debíamos desocupar el departamento, lo más pronto posible.

– ¿Para fin de mes estaría bien, no? – Hizo notar su impaciencia.

No, el año aun no tenía cara de querer calmarse. La deconstrucción de estructuras continuaba. Irónicamente, uno de mis propósitos de año nuevo este año fue desligar mi identidad de lo material. Todo cooperaba para que cumpla con mi meta, de los modos más extraños pero efectivos posibles.

Capítulo 4: Flashbacks

Los flashbacks se volvieron repetitivos en medio del constante cambio. Como no alcanzaba a digerir los eventos en tiempo real, porque iban más rápido que mi capacidad mental para integrarlos, coqueteaba con el pasado por medio de las imágenes que me visitaban.

Al abrir mi closet, pensaba en mis vestidos ausentes, esos que compré en Chile en enero y no alcancé a estrenar, y ahora estaban abandonados en el seminario hasta quién sabe cuándo. Desembocaban cascadas de recuerdos, que comenzaban desde mi deseo de comprarlos porque iniciaba mi nueva etapa al volver a Ecuador y pensaba en los eventos que vendrían, seguía la cascada de recuerdos trayendo a mi mente las visitas a las tiendas en Conce y mi asombro al darme cuenta de la diferencia de precios con Ecuador, todo parecía tan barato, y el cambio de dolar a pesos favorecía aun más las compras; y el final de la cascada me traía hasta el momento actual en el que me seguía preguntando cómo es que llegamos a esto de vivir en cuarentena y qué iba a pasar con mis planes truncados.

También evocaba flashbacks al recordar mi violín, que hace tan poco había comenzado a aprender y ya no podría seguir; al pensar en mi anilladora, que llevé al seminario una semana antes del inicio de la cuarentena, con el afán de retomar mi producción de libretas y cuadernos personalizados; al pensar en los marcadores y lápices que no empaqué; al pensar en mis cobijas que había comprado hace poco para evitar la alergia; al recordar mis apuntes de hebreo y mis tarjetitas con las que me propuse seguir aprendiendo vocabulario; al leer escritos no tan viejos que se veían tan lejanos, cuando todo seguía normal. Todo traía más cascadas de recuerdos, y todo desembocaba en el crudo presente, en el que no quería quedarme tanto tiempo y por eso seguía invitando a los flashbacks a volver, repitiéndolos, y habitando en ellos

Iba un paso atrás de lo que pasaba, con esa brecha temporal que no quería disminuir pronto, en honor de los tiempos que se iban, dejando a mi yo del presente en un estado un tanto fantasmal, un tanto ausente. No era sustentable vivir así, pero tampoco un salto brusco era lo ideal. Ya se iría cerrando la brecha, ya alcanzaría al presente en algún momento.

 Capítulo 5: Inventario

Entre lecturas, ensayos, manualidades, y las cifras de contagiados diarios, mi mente se mantenía ocupada, dejando por debajo del desorden mental el tema de la inminente, pero hasta entonces abstracta, mudanza de casa.

La última vez que me mudé fue en Febrero, al seminario, no hace falta recordar otra vez que duré ahí solo 6 semanas. Pero mi última mudanza antes de Febrero del 2020 fue en el 2013, cuando volví de Noruega después de un intercambio que duró 10 meses. Recuerdo que antes de volver a Ecuador tenía expectativa por cómo sería la casa donde viviría, si me gustaría o no, pero no tenía opción para cambiarla en caso de no gustarme, porque mis papás ya estaban viviendo ahí desde hace algunos meses, después de que mis dos hermanos se casaran, yo viajara a Noruega, y los dueños decidieran volver a vivir ahí.

Siete años en la misma casa es un tiempo considerable, y ahora que lo pienso, creo que nunca en mi vida había vivido tanto tiempo en una misma casa. ¡Es un record! Haberse mudando tantas veces en la vida tiene sus ventajas, una de ellas es la experticia en hacer maletas y desprenderse de lugares y personas. Cada mudanza es la oportunidad para reconsiderar el inventario personal, redescubrir el contenido de cajas y cuadernos que llevaban años guardados, y reducir la carga haciendo consciencia de que todo lo que uno decida quedarse implica un peso que cargar y reubicar en el nuevo lugar, con el riesgo de que quizás no haya suficiente espacio.

Con cada mudanza que se suma al historial, uno va sintiendo menos las pequeñas pérdidas y va encariñandose con recelo; como cuando en una mudanza dejé mi libro de pre-kinder en la bodega de la casa de mis abuelitos en Chile, entre otras cosas, y años después cuando pensé en recuperarlo, me enteré que la bodega se había inundado en una ocasión e incendiado en otra. No quedaba nada, pero tampoco pude ver las ruinas, porque la llave del candado de la bodega se perdió. Cuando en Enero volví a mirar ese lugar del que guardo escasos recuerdos de infancia, solo pude mirar por una abertura entre las maderas, y recordar que las cosas que uno abandona esperando recuperar después, no suelen volver.

Al mirar para atrás, me alegra haber tenido más de una oportunidad para comenzar casi desde cero, con todas mis pertenencias contenidas solo en 2 maletas de 23kg cada una. El cambio ayuda a definir mejor qué cosas son las esenciales, pero la capacidad de acumulación no se detiene, los espacios siempre se vuelven a llenar, y a veces la nostalgia hace volver a adquirir objetos similares a lo que antes se tenían, en honor al contenido simbólico con el que se cargaron. Por ejemplo, sé que volvería a comprar una silla plástica pequeña de color amarillo solo para recordar que una así fue mi favorita en la niñez, hasta que mi hermano un día se enojó conmigo, me la rompió, y la extrañé mucho.

Volviendo al presente. Volaba en el ambiente de las conversaciones con mis papás la idea de a qué lugar mudarnos y una opción probable era dejar Ambato, mi ciudad de nacimiento, donde había vivido casi toda la vida. No quería irme, quizás por la incomodidad de reaprender el estilo de vida en un nuevo lugar; pero lo que más me pesaba era, que en el inventario de los esenciales, no podía contar ni a una persona que creyera que notaría mi ausencia en cuanto me fuera.

– ¿Cómo es que no te crecieron raíces después de tantos años, Anita? – Me recriminaba a mí misma.

Quizás por eso quería dejar por debajo del resto de pensamientos el tema de la mudanza, porque me pesaba que mi ausencia no le fuera a importar a nadie, porque en realidad siempre estuve ausente. Quizás no debí anticiparme a la premisa aprendida en las mudanzas, de que la gente al final siempre se va. Yo me fui antes, sin darles la oportunidad de decidir si querían quedarse o no. Debí haberme encariñado. Debí crecer raíces aunque después tuviera que arrancarlas, porque las raíces arrancadas duelen menos que la ausencia de ellas.

Capítulo 6: Umbral

Las regiones de lo desconocido son libre campo para la proyección de los contenidos inconscientes. Joseph Campbell.

Pareciera que en las historias hay partes que se dan en automático, son solo el trasfondo, solo la preparación del contexto para las pocas cosas que sí se viven a mayor consciencia y dejan su cicatriz. O será que es solo asunto de la memoria, que selecciona escenas que alcancen a resumir cómo es que se llegó al momento actual, y elimina el contenido innecesario para tal fin. Se siguen acumulando capas de inconsciencia, de eventos que quién sabe si alguna vez vuelvan a asomarse reclamando no haberles puesto atención antes. Como cuando hace unos meses me di cuenta de que mi niñez no fue tan perfecta como la recordaba, porque la expectativa de mis grandes momentos soñados nunca llegaron. Se conectó la niñez a la adolescencia, y aunque no noté la transición, de pronto un día amanecí convencida de que habían sueños a los que había que renunciar. A esas renuncias le suelen llamar madurez. Qué triste puede sentirse la madurez.

Pero me estoy desviando. Solo quería decir que ya no recuerdo bien cada día a la espera de la mudanza. Lo que sé, es que la cuenta regresiva comenzó a correr muy rápido, y el corredor de la casa se llenó de cajas. Ya estaba empacada la vida. Y de pronto, a las 5 de la mañana, nos pasaron a recoger para acompañarnos en el viaje de salida de la ciudad.

Mi querido Ambato, no alcanzamos a despedirnos muy bien. Se pasaron los últimos días haciendo filas de bancos que no daban facilidades de pago y de servicios por cancelar, llenos de gente enojada porque les seguían cobrando. En las despedidas, cuando se terminan las etapas y ya no hay tiempo para más, la gente me suele decir que les hubiera gustado conocerme mejor ¿Tú también me vas a decir lo mismo?

Los nuevos lugares son como lienzos en blanco, pero no por comenzar un nuevo cuadro se mejoran las aptitudes del pintor, se vuelven a pintar paisajes parecidos, solo que usando la nueva materia prima cultural disponible. Y al menos, está la posibilidad de dar pinceladas más certeras en asuntos donde se ha logrado mayor fluidez.

No me gusta dormir en los viajes que no son repetitivos, porque son el momento donde el cerebro puede asociar el cambio de paisaje y de clima con que hay una nueva temporada por inaugurar. Un cruce del umbral consciente. Al avanzar, de la Sierra al Oriente, la vegetación va cambiando, se hace más exuberante, de tonos más vivos, el ambiente se vuelve cálido, mi piel se sonroja y se pone pegajosa, los mosquitos me pican sin que lo note, el aire se respira caliente. Con el tiempo la vista se acostumbra al nuevo paisaje, quizás al poco tiempo deje de fijarme en los detalles, pero el arte es mi recurso para recuperar la vista cada vez. Con el tiempo el cuerpo se adapta al calor, y se puede llegar a sentir frío a los 20 grados. Con el tiempo, se reescribe la misma historia, pero con variantes importantes. El tiempo hará olvidar lo que antes se llamaba normal. Con el tiempo implantarán nuevos sentidos.

– Aquí es. Ya pueden entrar si quieren.- Nos dijo quien condujo la furgoneta, cuando ya habíamos llegado.

Y bajé, con mi gata en un tacho de ropa sucia forrado con plástico de embalaje, por si se volvía salvaje durante el viaje y quería huir de su inevitable destino de mascota sobreprotegida. Hacía mucho calor. Conocí la nueva casa, un buen lugar, pero no se sentía real.

– Aquí vivimos ahora.- Le dije a la Griselda, mi gata, mientras estábamos encerradas en un cuarto para que no intentara escapar, esperando que quienes estaban terminando de desempacar terminaran. Pero ella ni se movía, ni maullaba, ni quería salir del tacho, su prisión temporal del viaje, porque ese era su único lugar conocido, y cuando intenté sacarla, solo volvió a él. Le sudaba su nariz, las hormigas se comieron su comida.

– Está bien, tómate tu tiempo, sé que es difícil desprenderse de lo conocido, pero te va a gustar este lugar cuando estés lista para verlo.- Le decía a ella, haciendo eco para mí misma.

  Capítulo 7: Limbo

Perdón que insista en las mudanzas, pero es que para mí una mudanza es casi la analogía perfecta para describir la vida. No me nieguen que la vida se trata de ir moviéndose, arrancándose las propias raíces cada vez que una etapa concluye, para volver a plantarse en un nuevo lugar, y cuando uno ya se ha acomodado, suele quedar poco tiempo para un nuevo salto.

Y el que no quiera moverse y quiera retener los momentos, tampoco está exento del movimiento del resto. Si uno no es el que se va, de todos modos se va a ir la gente alrededor cuando cambien de etapas. No todos se van, suele haber alguien, o un par de personas que se quedan. Pero algo de lo que no nos damos cuenta siempre, es que no es que esas personas se queden porque nos quedamos quietos, sino que como nos movemos juntos, a veces olvidamos el movimiento. Como cuando uno va en un bus, la persona que está sentada al lado está quieta, aparentemente, pero el hecho de habernos embarcado en la misma dirección, nos une.

Cuando se da el caso de que solo uno quiere moverse, y el otro no, no tarda el desenraizamiento en suceder. Aun en las películas donde hay viajes en el tiempo, la gente tiene que estar junta para poder teletransportarse y que ninguno se quede. Es lo mismo en la vida. Si es que uno no tiene a nadie de la mano, en un solo salto que dé, se puede quedar solo. Pero aun en ese caso, es una soledad temporal. Es un abandono de lo previo, para luego abrir los ojos y ver que en el nuevo lugar también hay gente, y que podemos tomar buses juntos.

Aunque ahora con la tecnología estamos entrando a terrenos demasiado amplios para la mente humana. No es muy natural que mediante una pantalla uno pueda estar con gente de cualquier lado del mundo. Lo antinatural no es sinónimo de malo, en ese caso, no podría usar lentes, porque son antinaturales. Pero por naturaleza a mi me tocó tener mala vista, así que agradezco a mis antinaturales lentes el poder mirar rostros y no meras manchas en la calle. El problema con lo antinatural, es que demanda mesura. La tecnología me permite hablar con 100 personas al día, pero sería insostenible para mi mente. Lo antinatural hace que los efectos puedan multiplicarse. Por ejemplo, si yo voy caminando, y me choco con otra persona en una esquina, solo duele un poco, pero no hay riesgo de muerte. Mientras que si me choco en un auto, aumenta el riesgo. Lo antinatural hace que la responsabilidad aumente. En muchos campos, aun somos como niños corriendo con cuchillos en la casa, solo porque es divertido, pero no vemos el riesgo.

La posibilidad de seguir en contacto con gente que ya se quedó atrás espacialmente en nuestras vidas, puede ser un ancla para no adaptarse al nuevo lugar. Uno puede estar totalmente ausente de su propio sitio, por estar presente en una pantalla. Es un limbo, un término intermedio del ser, en el que el cuerpo se reduce a las dos dimensiones nada más. No hay profundidad.

Quizás esta pandemia me ha servido, mediante el antiejemplo, que a la presencialidad la tenía infravalorada. No tiene comparación el poder salir de casa e interactuar con la ciudad, con la gente, mirar rostros, expresiones, escuchar tonos de voz, poder tener la posibilidad de un abrazo.

Luego de una mudanza viene el limbo. La sensación de no pertenecer al nuevo lugar todavía, pero a la vez, saber que ya se rompieron las raíces con el sitio anterior. Cuando llegué al Oriente, tuve un lugar donde dormir, pero la vida seguía empacada. Así como se dio el tiempo para empacarlo todo, ahora hay que darse el tiempo para desempacarlo todo, y de a poco sentir pertenencia otra vez.

El riesgo y la tentación, es quedarse a vivir en el limbo de la impertenencia, o en el autoengaño de la virtualidad. Pero no es eso lo que quiero.

Capítulo 8: Vampiros

No me tardé en comprobar algo que ya sabía: hay muchos insectos aquí; pero lo que no me esperaba, era encontrarme con una variedad tan grande de vida. La primera noche aun desconocía los sonidos, no sabía de donde venían; me preguntaba si eran grillos, sapos, algún tipo de pájaro, o qué otra cosa podría ser. A los pocos días, aprendí el sonido de la salamanquesa, y el sonido que yo percibía como de ratones, resultó ser de murciélagos, que vivían en el techo.

Cuando supe que vivían ahí, pensé de inmediato: ¿Cómo hacemos para sacarlos? ¿será que hacen algo? ¿no traerán alguna enfermedad?

La primera vez que un murciélago bebé cayó del techo, no quise ni acercarme mucho, me parecía feo, y pensamos en cómo sacarlo. El día siguiente, mientras los papás murciélagos buscaban a su hijo perdido, fue la primera vez que volaron alrededor nuestro mientras comíamos. Resulta que no vuelan tan alto, y aunque quería ser valiente, como no se fueron rápido, terminé huyendo a mi cuarto, esperando que se fueran.

Las siguientes veces que los murciélagos salieron a volar por la casa, mi mamá y yo nos íbamos corriendo a esconder un rato.

– ¡los vampiros! – gritaba mi mamá a veces, confundiendo el nombre.

– ¡no son vampiros! – le decía yo, queriendo quitarme el miedo.

Me di cuenta de algo, de que lo que conocíamos de los murciélagos, venía de las películas de terror, no teníamos más información. Hay vampiros en los cementerios, en las casas abandonadas; los vampiros chupan sangre, anteceden al terror. Teníamos la mente mitologizada.

Así que me dije: los murciélagos no se van a ir muy pronto, así que si vamos a compartir casa, tengo que informarme de ellos. Lo primero que hice fue buscar fotos de murciélagos, los quería mirar, familiarizarme con ellos y perder el prejuicio de que son unas cosas feas. Me daba cosas verlos, pero quería no huir la próxima vez que los viera. Luego, la primera búsqueda de información que hice fue: «¿Los murciélagos toman sangre?». ¡Es que en serio lo dudaba! Resulta que solo hay tres especies de murciélago que sí, esos sí se llaman vampiros, pero el resto come insectos y poliniza flores. ¡Los murciélagos son los colibríes de la noche! Incluso antes de saber que eran mamíferos, eran considerados aves.

Varias búsquedas después, y varios encuentros con ellos después, los pude ver sin fruncir el ceño. Así que la próxima vez que un bebé cayó del techo, le tomé una foto, y con mi mamá ideamos una manera de dejarlo a salvo de la gata, para que su mamá lo rescate.

Compartí su foto en las redes, le dijeron feo al pobrecito, aunque no todos. Yo me di cuenta de que ya no les tengo miedo, y que hasta me han llegado a dar ternura cuando los veo colgando del techo.

Así es la vida, lo desconocido da miedo. Hay mitos alrededor de lo desconocido. A los pobres murciélagos les hicieron mal marketing, mientras los pajaritos de colores y las mariposas tienen el beneficio de coincidir con nuestro canon estético. A ellos se los admira, se les toma fotos, a los murciélagos se los mata, se los espanta.

No somos muy lógicos con lo desconocido, por eso me gusta conocer más, para derribar mitos que no sabía que tenía instalados en la cabeza. No todos los miedos se pueden matar o espantar, con la mayor parte, solo hay que aprender a convivir.

   Capítulo 9: Un año

Un año. Ya pasó un año. ¿Se dan cuenta de que ya pasó un año? Yo no dejo de pensarlo.

El 15 de Marzo del 2020 abandoné repentinamente, con la sensación de manos vacías, el lugar donde había comenzado a vivir hace pocas semanas. El abandono de mis pertenencias me enseñó a redefinir mi percepción de lo esencial. La incertidumbre temporal por el cambio de planes, me hizo cuestionar mis certezas previas. El regreso a aquello que pretendía dejar atrás, me llevó a un callejón sin salida que terminaba en un espejo gigante. Frente a frente conmigo misma, lo único que pude hacer fue romper el silencio interno.

Dicen que para la mente, lo que uno percibe es igual de real que los hechos concretos.

La percepción de vacío se intensificó. Y ante el vacío, no hay nada que perder. Quizás por eso tocar fondo es mágico, porque recién en ese momento uno reconoce que ninguna acción tomada en el pasado va a funcionar esta vez. Y estando ahí, uno está dispuesto a tomar riesgos reales que llevan a nuevos caminos.

Le tengo miedo al fondo. Si pudiera decidir, no volvería allí nunca más. Por eso cada vez reacciono antes de llegar, porque ya reconozco la antesala del fondo; es como una ramita de la que logro sujetarme para detener la caída libre, y a partir de ahí escalo.

Quien diría que el encierro podría propiciar tanto movimiento interno. Quien diría que cerrar las puertas impediría que se sigan escapando las conversaciones atoradas.

Hablé, y me pasó con el habla lo mismo que con la escritura me lleva pasando por años: no sabía lo que traía dentro hasta que me lo saqué, y entonces lo pude integrar mejor.

El 15 de Marzo del 2021, volví al mismo lugar que dejé repentinamente en el 2020. Por fin llegó el momento de recuperar mis pertenencias. No sabía qué tanto reconocería el lugar y la ubicación de las cosas en mi habitación cuando llegara. Pero pasé mucho tiempo durante los últimos meses imaginando variantes de como podría ser ese momento. Así que al llegar allí, no pude mirar solo con mis ojos del presente, lo vi con la acumulación de mis nostalgias y se sintió frío, como si ya no necesitara nada de eso, después de todo.

Esperaba encontrar olor a humedad y cosas desparramadas, pero todo estaba casi como lo dejé. Hubiera querido sentarme un rato y respirar profundo, recostarme y mirar por la ventana, leer un poco, pasar por la biblioteca, por la cancha de vóley; pero apenas llegué me apuré en empacar. Destruí la escena que había quedado congelada por un año en menos de 30 minutos.

Ya tengo todas mis pertenencias conmigo. Se siente extraño, como si me estuviera despidiendo de la posibilidad de volver a irme. Estoy tan instalada aquí físicamente, pero a mi espíritu le está tomando más tiempo llegar y acomodarse.

Tengo cosas que ya había olvidado que tenía; mirarlas me transporta en el tiempo. Hablo con la Anita de hace un año y ya no nos entendemos tan bien (más bien, ella no me entiende a mí). Tengo cosas que ansiaba recuperar y por fin están conmigo. Ya tengo todos mis materiales de arte juntos, y eso amerita seguir creando, porque en la expresión existo. Tengo ropa que por fin podré estrenar, aunque no hubiera ocasión especial.

Tengo más cosas de las que quisiera tener, y aun así, le sigo temiendo al vacío.

Ya me cansé de los relatos pandémicos, y la pandemia aun no termina.

Publicado por Ana Parada Cotrina

Diseñadora e ilustradora ecuatoriana-chilena. Creadora de Anacrónica, un espacio donde explora la intersección entre el arte, la fe y la cultura visual.

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