Ver lagos congelados fue una de las cosas más bonitas que vi en Noruega. Los lagos en verano estaban llenos de cisnes nadando, y de pronto, en invierno, eran pistas de patinaje gigantes. Se activaban atajos que durante el año eran imposibles, (a menos que alguien se atreviera a cruzarlos nadando, pero eso implicaría problemas logísticos, que resultarían en una pérdida de tiempo en lugar de ahorro), pero en invierno, basta con sentarse a la orilla un rato, ponerse los patines y cruzar patinando.
Yo hace años ya había aprendido a patinar en hielo, pero siempre con cautela, y con la limitación de al menos unas 30 personas metidas en el mismo pequeño diámetro de la pista artificial donde se pagaba por un par de horas. Por lo tanto, no sabía que un lago recién congelado, totalmente liso, era muy, muy resbaloso.
Apenas me puse los patines, vi que me costaba ponerme en pie. Me ayudaron a pararme, pero no quería que me soltaran. Mis pies y piernas estaban tensos, no tenía equilibrio, no querían darse el impulso para patinar. Me sujeté de mis 2 acompañantes, uno a cada lado, mientras me iba familiarizando. De pronto, un par de niños pasaron al lado, riendo y persiguiéndose, patinando con total naturalidad.
– Tan chiquitos y ya patinan. Seguro les da risa que yo que soy grande no pueda. – mencioné a mis acompañantes, con una risa un tanto fingida y bastante frustrada por dentro.
– Tranquila. Vas bien. Ellos no conocen tu historia. – dijo Tone, siempre comprensiva.
Sus palabras me hicieron volver en mí misma. ¿Cómo puedo compararme sin considerar mi trasfondo y el de ellos?
Hay quienes dicen que en Noruega los niños nacen con esquís en los pies, yo diría que también con patines. Pareciera que aprenden todo a la par: a esquiar, a patinar y a caminar. Da un poco de envidia verlos tan pequeños, deslizándose sin problemas, mientras uno lucha por mantener el equilibrio por unos metros sin caer.
Ese mismo día, recibí algunos tips para patinar. Uno creería que los tips son para no caer. Pero no; la cosa es más realista. Se asume que es imposible no caer, por lo tanto, lo que hay que aprender es cómo caer para no hacerse daño. Este es el truco: Cuando uno siente que va perdiendo el equilibrio y que va a caer, tiene que impulsarse hacia adelante y poner las manos. Hay que evitar caer para atrás, eso es más peligroso.
Después de la preparación teórica y mental, me lancé, patiné, caí y me levanté. Fue un día divertido. Ya no me comparé más ese día.
Los últimos meses, me he encontrado diciéndome a mí misma varias veces la misma frase: «no conocen tu historia».
Nadie sabe todo por lo que he pasado, excepto Dios y yo misma. ¿Sirven de algo las comparaciones? Por lo general solo sirven para quedarme paralizada pensando que no soy suficiente y que voy tarde en la vida. Pero la pista no le pertenece a los mejores patinadores; está ahí para que todos aprendamos a patinar y sigamos practicando. Tendré que caer varias veces (usando la técnica de caer de la manera más favorable). Puedo analizar las caídas del resto y sus maniobras, pero mientras no me lance, no es verdadero el crecimiento.
Y tú, ¿qué tanto conoces tu historia como para que no te dé vergüenza aprender a patinar entre patinadores profesionales?
Posdata: Ya van 8 años desde que estuve en Noruega, pero considero que las historias no caducan, por eso decidí sacar esta, en busca del sentido que me marcó. Necesito rescatar más de mis historias, porque sino ¿cómo voy a unir los puntos que marcan la dirección?
